Una lección de gestión de proyectos que aprendí de chaval.

Yo quería una moto.

Me habían regalado una.

Una Derbi Variant de 50 cc de color blanco. 

Entonces casi todo el mundo que tenía moto, tenía una Vespino.

Yo estaba tan contento con mi Derbi, a caballo regalado.

Aunque tuve que aprender un poco de mecánica para volver a casa a tiempo.

Formaba parte de la diversión.

Pero yo quería una moto nueva.

Me había enamorado, y digo enamorar, de enamoramiento.

Antes de que se llamase moodboard, todos los adolescentes decorábamos las paredes de nuestras habitaciones con fotos y recuerdos de las cosas que nos gustan.

Y se seguirá haciendo, empezamos pintando bisontes en una cueva, y ahora hacemos un moodboard totalmente digital.

Todo bien.

Así que en una pared bien visible pegue la foto que encontré de una TZR 80 cc blanca sin carenado.

Con el resto de preocupaciones de un adolescente orbitando alrededor. 

Mis padres no querían moto, les daba pánico, y ahora que yo soy padre lo entiendo mucho mejor.

Pero soy muy cabezota cuando me propongo conseguir algo.

Si es un alguien es diferente, en mi opinión, no se puede conseguir un alguien. 

Se puede conocer a alguien. 

Se puede confiar en alguien.

Se puede conectar con alguien. 

Pero ahí ya intervienen dos.

Volvamos a la moto.

Como mis padres no querían moto, y yo me puse pesado, muy pesado, pesado nivel leyenda.

Me dijeron ok, pero tendrás que pagar al menos la mitad de la moto.

Y acepté.

Así que ese verano estuve trabajando descargando escombros en la empresa de mi padre.

De peón de albañil.

Por la noche.

En el Galerías Preciados de la calle Goya.

Mi familia se fue de vacaciones en agosto.

Y yo seguí con mis escombros y mis sacos de cemento.

Me acuerdo que un viernes mi padre volvió de Alicante para ver como estaba el niño, seguramente achuchado por mi madre.

Me invitó a comer, en mi restaurante favorito.

Mientras le contaba cómo me iban las cosas me comí una tortilla y media de patatas, y me bebí una jarra de cerveza fría o dos.

El apenas comió.

Y ya nunca me volvió a mirar igual.

Este cabrón de verdad quiere la moto.

Trabajé un verano más, saqué las notas que me pedían o mejores, ahorré todo el dinero que puede.

Y un buen día tuve mi moto.

¿Adivinas qué?

No tenía carnet de conducir.

Primero fue los exámenes, después que si es navidad, y luego no sé qué.

Pasaban los meses.

Te imaginas un adolescente de 17 años con un la moto del momento en el garaje y sin poder salir.

Pues eso.

Pero no había forma de ir a la autoescuela.

Ni de estudiarme el código de circulación.

Y se me pasaba el plazo.

Entonces vino el jefe de la autoescuela, un andaluz con muchos kilómetros, un Séneca moderno.

Me miró por encima de las gafas, sin parpadear con el humo del cigarrillo, y me dijo.

“Coge fecha de examen.”

Pero si no me salen los test, si no me he aprendido el código, pero, pero, pero.

“Que cojas fecha de examen niño.”

Ok 

¿Cuál es la siguiente fecha de examen? 

En 15 días, pues en quince días.

Apuntado.

Empecé a hacer test como loco, llego la fecha del examen, cuando salí y le dije a mi padre que había aprobado él estaba más contento que yo.

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