La mala comunicación nos hace perder oportunidades, pero tiene solución, te lo cuento enseguida.

¿Aún se dice ligar?

Vamos a poner que sí.

Esto es algo que me pasó a mí cuando era joven y trabajaba de camarero los fines de semana.

Entonces tenía pelazo y el cuerpo de un dios griego.

Ahora tengo el cuerpo de un griego normal y corriente.

Vale.

Lo de menos es la historia, esto es más viejo que el mismo mundo.

Y seguirá pasando.

Mi barrera para ligar era la negatividad, sentirme inferior.

Hasta que un día te atreves, y entiendes que la otra persona tiene tantos miedos como tú o más.

Ese día las cosas cambian, te relajas, y empiezas a relacionarte de otra manera con el mundo.

Pero vamos con la historia, lo divertido viene al final.

Cuando trabajas de camarero de vez en cuando tienes que salir a recoger los vasos de las mesas.

Para mí era un descanso de la tensión de atender la barra.

Recoger vasos es sencillo y me podía empanar en mis cosas o charlar un rato con algún cliente habitual.

Por cierto empanado es mi estado habitual.

Empanado quiere decir estar pensando en mis cosas.

Mi deporte favorito.

Bueno pues allí estaba yo recogiendo vasos por aquí y por allá en las mesas de la terraza, empanado.

Cuando una pierna sale de la nada y hace de barrera en mi camino.

Tengo que frenar de golpe, en lo alto de una pequeña escalera que da a otro patio.

Consigo poner un pie detrás de otro, bajar los dos peldaños haciendo equilibrio.

Y de alguna manera quedarme de pie con los vasos en las manos, procesando lo que había pasado.

Me recupero, doy media vuelta y me encuentro a una chica con cara de espanto.

Que con un hilo de voz me dice.

No te había visto ¿Estás bien?

Sí, sí, no te preocupes, no sé como lo he hecho, pero he caído de pie.

Ella estaba con un grupo de amigos, algo no cuadraba, pero me podía entretener mucho.

El recreo de los vasos no daba para tanto.

Se me escapó una mirada de reojo, no está mal.

Y mi empanamiento y yo seguimos hasta completar la ronda, listo para otro asalto detrás de la barra.

Dos días después suena la campana del recreo, 5 o 10 minutos.

Ronda de vasos.

Salgo a la terraza y en una mesa me encuentro al mismo grupito del otro día.

Por lo que veo en la mesa, llevan un rato.

Cuando me acerco, nos acordamos de mis acrobacias y nos reímos del tema, todo bien.

Recojo algún vaso de la mesa y me marcho.

Cuando me doy la vuelta escucho.

¡Espera te falta mi vaso!

Ok, dámelo, pensaba que no habías terminado.

Cuando lo voy a coger lo quita para que no pueda agarrarlo.

No le doy importancia.

Hago un segundo intento, y vuelve a pasar lo mismo.

Entonces la miro un poco serio.

¿Qué está pasando aquí?

Hago un tercer intento y pasa lo mismo.

Recordé que lo mejor en estos casos es darte media vuelta e irte.

Y eso hice.

Escuche su voz.

¡Espera que ya te lo doy!

Pero yo seguí de camino a la barra, tenía trabajo que hacer.

Al rato entró y dejó el vaso en la barra, estaba enfadada.

Cuando volví a salir a recoger vasos ella ya no estaba, solo sus amigos, con caras más bien serias, uno de ellos se acercó y me dijo que lo sentía que no quería vacilarme.

Ok, no pasa nada, es que estoy currando y voy con prisa, para zanjar el tema.

Y no aparecieron nunca más.

Lo divertido es que yo no me había dado cuenta de lo que pasaba de verdad.

Hasta que unos días más tarde le comenté a mi compañera lo que me había pasado.

Me dijo, que no me enteraba de nada, ella quería ligar conmigo.

¿Cómo?

¿Así?

Pues sí.

Pues no lo entiendo.

Ya, te queda mucho por aprender dijo mi compañera, y tenía razón.

Le di muchas vueltas al tema los siguientes días.

¿Qué me he perdido?

¿Qué es lo que no he entendido?

No estaba mal, podía haber pasado algo chulo.

Si me hubiese dicho algo, alguna pista.

En plan.

“Llévate mi vaso y si quieres mi corazón también, pero solo si me lo devuelves cuando salgas.”

Y entonces voy y me despierto.

Quizá esto es mucho pedir.

Pero un algo, algo, un algo chiquitito.

Pero no, y cada quien por su camino.

¿Por qué te cuento todo esto?

Porque todos los días tratamos con personas, y lo más normal es no estar sincronizados.

Cada uno tiene sus problemas y preocupaciones.

Lleva tiempo hasta que encontramos un marco de entendimiento.

Y esto pasa en persona, cuando nos podemos ver las caras, e interpretar el lenguaje corporal.

¿Te imaginas como será online?

Mucho más complicado.

Podemos tirar por “lo seguro” y no arriesgar mucho con los textos.

Y no comernos ni un rosco.

O trabajar la comunicación de nuestros anuncios, páginas de destino y correos electrónicos.

Puede que así consigamos conectar mejor con una audiencia infoxicada de estímulos.

Puede que si nos lo curramos un poco el mundo online sea una oportunidad real en lugar de una carga más para nuestro negocio.

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Todo ha salido bien.

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